Historia del sello

Al iniciarse el servicio de correos, este estaba dirigido por personas o entidades privilegiadas cuyo sistema de organización en muchas ocasiones era lento y su uso caro. Por aquel entonces el destinatario era el que pagaba la carta al funcionario de postas, según lo que pesara y la distancia desde donde la habían enviado, uno de los principales problemas que este sistema tenía era de que muchas veces la persona que recibía la carta no tenía dinero para hacerse cargo de la carta.

Por otro lado la inagotable picaresca de la época inventó unas contraseñas que los que enviaban las cartas, escribían en los sobres y transmitían las noticias sin tener la necesidad de abrir la carta, para cuando el interesado recibía la correspondencia este veía la contraseña y ya sabía de que se trataba la carta, devolviéndola al cartero sin pagarla.

La solución a estos inconvenientes la encontró el inglés Rowland Hill (1795-1879) que concibió un nuevo funcionamiento del servicio de correo. Consistía en que el pago lo efectuaba la persona que enviaba la carta, para ello inventó unas “etiquetas engomadas” que se adherían a los sobres justificando de esa manera el pago del envío, estableciendo un franqueo uniforme de las cartas a un penique, independiente del destino al que estas se dirigiesen.